domingo, 18 de septiembre de 2011

La indignación llega a la Gran Manzana

Un campamento nace de Finantial District, en Liberty Street con Broadway, a tan solo 100 metros de una Wall Street abarrotada de policía, donde hace una semana se conmemoraba el décimo aniversario del 11-S.


Durante la mañana tuvo lugar la manifestación convocada bajo el lema Ocupa Wall Street a la que asistieron varios miles de manifestantes. En la plaza muchos de los asistentes discuten qué hacer de ahora en adelante. No se hacen llamar indignados, pero se identifican con el Movimiento 15-M de inmediato. "Madrid fue un ejemplo, había mucha gente en ese campamento. Esperamos que mañana venga más gente, e ir a más. Esto tiene que ser el principio", explica Jay, un estudiante universitario que dice haber venido a cambiar el sistema. "En Egipto les tiraban piedras y se quedaron", le interrumpe un joven eufórico. "Así que debemos ocupar Wall Street o intentarlo. Si nos arrestan, vendrá más gente", continúa el joven, que se aleja con su gorra roja al escuchar el grito de "¡Esto es democracia!" que corean los alrededor de 400 jóvenes que se han encargado de llevar la ola mundial de indignación a Wall Street.


Los recién acampados, mayormente estudiantes o jóvenes en paro, han mantenido una larga asamblea hasta pasada la medianoche en un ambiente cordial y cívico. A las 2 de la mañana, el ágora se ha disuelto y reina la improvisación. A esta altura se han dividido en dos grupos: un grupo de "acción directa" que programa las actividades que quieren realizar en la jornada de mañana, y un segundo grupo de comunicación, que debe elaborar el manifiesto.


Un joven participante del grupo encargado de las actividades pregunta cómo van a programar las actividades sin tener concluso el manifiesto, poniendo de relieve la fragilidad del encuentro. "Todo el mundo sabe por qué estamos aquí", responde una participante airadamente. "Lo más urgente ahora es lo que va a pasar en Georgia, que van a matar a un hombre inocente", expresa a la asamblea un hombre con voz potente que porta un gran cartel con su reivindicación. Tiene el turno una chica menuda que, con voz aguda y apagada, dice con timidez: "Yo pienso que todos estamos de acuerdo con que las personas y los derechos humanos van por delante del dinero". Un fuerte aplauso termina por apagar su voz, que la sonroja y cierra el debate.



"¡Por fin, la revolución!", me dice un hombre de unos cuarenta años que dice haber estado en multitud de manifestaciones y no importarle ser arrestado porque lo ha sido en 14 ocasiones, la primera con 16 años. "En 24 horas, estás en la calle. Una vez me llevaron a casa", me cuenta con una sonrisa infantil. Ari, un joven universitario, vence la afonía para decir que él sí está preocupado por posibles detenciones. "No podemos permitir que los media (medios de comunicación) digan mentiras. Para ello tenemos que hacer actividades que involucren a la gente, cosas que les atraigan y les hagan pensar en este país, donde hay chicos de mi edad que ya son sinhogar".



Un grupo de unos 30 jóvenes se ha aislado para sentarse en el cruce de Broadway con Wall Street, donde el dispositivo policial impide el acceso a la calle de la Bolsa de Nueva York. Iluminados por una vela, han contado cómo les ha afectado la crisis a ellos y a sus allegados. La policía comparte un semblante tranquilo con curiosos y asistentes. Un policía corpulento que está frente a los manifestantes se gira para escuchar a todo el que empieza a hablar, siendo a su vez objeto de las miradas fijas de los manifestantes.



A las 3:30 de la madrugada, en Liberty Street, algo más de un centenar de jóvenes extienden los cartones sobre los que pasarán la primera noche de frío en un Nueva York a las puertas del otoño. Se acercan para darse calor. Un hombre trajeado y con corbata extiende su saco de dormir. Lo abre y se introduce en él cuidadosamente. Ya tumbado, incorpora su cabeza, mira a cada lado con incredulidad y sonríe. "Hasta mañana", nos dice.

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