viernes, 23 de septiembre de 2011

El otro sueño americano

Llegué a creer que la sociedad norteamericana podría resucitar de sus cenizas con la aparición del movimiento indignado. Creí que la ola de nuevos homeless, la amenazante barbie de armas tomar y el descarado engaño de la Reserva Federal podría sacar a la gente de sus casas. Pero lo que podemos decir cinco días y cinco crónicas más tarde, es que el movimiento ha quedado reducido a un jugoso laboratorio sociológico de jóvenes que gestionan hábilmente sus capacidades, ofreciendo una mayor cobertura social que el propio Estado.


La constitución democrática "más antigua del mundo" nunca tuvo una revolución. Y esta pudo ser su Revolución francesa, aunque resulte anacrónico o exagerado, pues esta república contiene reconocidos reyes que afirman en cada transacción que el Estado son ellos. Pero esto no es ni la Plaza Tahrir ni la Puerta del Sol: con los diarios en mano, habiendo conversado con jóvenes ajenos al movimiento y con el testimonio de los miembros del movimiento, la naturaleza de la protesta es tan distinta como el concepto de Estado, donde radica la cuestión. Para los miembros del movimiento, un manifiesto que recogiese el mensaje no tenía tanta importancia, precisamente porque lo que tenían en común estos jóvenes ponía en cuestión la naturaleza del Estado. Tanto es así que Martin L. King o Malcom X pueden lucir el nombre de avenidas o parques, pero ayer mataron a un ciudadano en nombre del Estado con un juicio propio del Siglo XVII, con hasta 7 testigos retractados y sin arma homicida. No hubo, sin embargo, respuesta social.


El Estado norteamericano es entendido como una gran realidad difusa que presume de unas leyes naturales en las que interviene, y de qué manera, la suerte. La bandera para los norteamericanos es como la Tierra para el mamo arhuaco del Tairona, en Colombia, que la simboliza con una piedra sobre la que rocía unas gotas de agua para darle las gracias por nuestra existencia. ¿Y cómo no agradecer nuestra existencia a esa realidad desconocida e injusta que nos permite vivir, por medio de leyes naturales caprichosas como la Ley de la gravedad, leyes que únicamente se violan para pisar la luna y honrar a la misma bandera?.


En el primer día de indignación, las miradas comprensivas y sosegadas de los policías que protegían Wall Street podían dar una señal de que la sociedad americana estaba viviendo en silencio aquella indignación. Y puede que sea así. Pero también es cierto que aquellas miradas guardaban un sutil ápice de compasión porque aquellos jóvenes protestaban contra lo sagrado de la realidad: el poder. En una fábula de Samaniego, estaríamos hablando de una reunión de gacelas en medio de la sabana, hartas de las cacerías de los leones, cuya trama se desarrollaría sobre esas gacelas astutas que no corrieron el riesgo de las que se empeñaron en servir de manjar a los leones. Y como moraleja, se podría sacar aquello de "tonto el último".


También hay factores determinantes que han colaborado. Porque a los norteamericanos les dieron esta misa en latín. Sin un manifiesto y sin haber creado canales propios, los medios de comunicación que se acercaron a cubrir la protesta no perdieron la oportunidad de recoger el ruido de los diferentes mensajes de indignación para desgranar la protesta y hacerla incomprensible a la sociedad, codificándola en un caos inteligente donde sea imposible sacar el factor común, desatendiendo a los principios de síntesis e interpretación a los que toda información se debe.


Ahora duerme tranquila una Liberty Square que no se atrevió con la cosmología de su compleja realidad política. Y se hace más comprensible así la ambición organizativa de los asistentes que no veían necesario un manifiesto al no concebir una realidad diferente a la que es de facto, sin sus leyes y realidades injustas, para aplicarse cuidados paliativos ante la enfermedad terminal de la que descansarán, otra noche, sobre un poso de idealismo. En Liberty Square, la vida no es sueño.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

El discreto adiós a Troy Davis

Hoy, a las 19.00 horas, Liberty Square celebraba con aplausos y abrazos el anuncio del aplazamiento de la ejecución de Troy Davis por parte del Tribunal Supremo americano. No obstante, cuatro horas más tarde, ninguno de sus jueces ha realizado apelación alguna ni tampoco se han acogido al Derecho a la Vida para revocar la decisión del Estado de Georgia de matar a Troy Davis en nombre de la Justicia por un crimen acontecido hace 20 años y sobre los que existen dudas racionales de su autoría.

La indignación ha calado profundamente en el ánimo de los miembros del movimiento Liberty Square. Estados Unidos luce la macabra estadística de que el 15% de los presos ejecutados se demuestran libres de culpa con posterioridad a su muerte.

La cifra más representativa del caso de Troy Davis es que 7 de los testigos que declararon en su contra se retractaron de su versión inicial. Entra así en el grupo de ejecutados porque tenían malos abogados, el infortunio de encontrarse en uno de los 36 Estados equivocados (tan solo 14 estados han abolido la pena de muerte) y/o procesos judiciales sin garantías. Pero muchos de ellos, la mayoría, son negros.

Hoy, en Liberty Square, se han visto algunas lágrimas de indignación y rabia. Me he dirigido a la avenida Martin Luther King, en Harlem, el corazón negro de Manhattan, y he observado con un nudo en la garganta como una veintena de manifestantes portan carteles y camisetas con el mensaje "Todos somos Troy Davis". ¿Pero sólo somos éstos?

Los indicios de su inocencia son escandalosos. Pero inocente o culpable, Troy Davis ha muerto bastante solo, con un incondicional pero flaco movimiento de apoyo, y sin siquiera una portada de periódico en su último día en la vida. En la Avenida del hombre que pronunció uno de los discursos más bellos y repetidos de la historia, he sentido el miedo de la indiferencia y he comprendido ese hermetismo social que roza el sectarismo de los habitantes de Liberty Square.

Contarlo era el propósito: abrí este espacio para narrar con rigor y veracidad las voces de Liberty Square y ofrecerlas a un pequeño número de hispanohablantes que tuviese interés en ello.

Sin embargo, la sobrecogedora realidad puede absorber al narrador y adueñarse del canal, y entonces no queda otro recurso que la transparente subjetividad para escribir lo que hipotálamo implora.

martes, 20 de septiembre de 2011

Liberty Square se debate entre el utilitarismo y el idealismo

Mientras Estados Unidos mira al Estado de Georgia con motivo de la inminente ejecución de Troy Davis, el preso afroamericano condenado por el presunto asesinato de un policía en 1989, en Liberty Square se erige una República platónica sin mensaje. Un curioso pregunta de qué va aquello, y añade: "¿Pero servirá de algo?". En efecto, el utilitarismo americano se riñe con la democracia pura de una Liberty Square que desarrolla sus propios códigos de convivencia. El entusiasmo de los activistas contrasta con la poca comprensión de una sociedad nada acostumbrada a la protesta y que calcula con precisión milimétrica los efectos de cualquier participación en la vida política y social.

Pero en Liberty Square no se percibe la creciente incomprensión social como una gran amenaza para el movimiento. Es más, tienen grandes expectativas de crecer y, en cierto modo, se podría decir que están encantados de haberse conocido. "Puedes sentir la energía de la gente, ya sabes, el feeling de estar todos juntos, casi sin dormir y comiendo mal, pero contentos porque estamos luchando", explica Ari, con la misma afonía del día anterior y visiblemente exhausto. Cuando se le pregunta por la necesidad de un manifiesto, responde que "cuando la gente vea esto, se unirá". Pero estamos en el corazón del distrito financiero de Manhattan y por allí no pasan más que trabajadores de bancos y compañías asociadas a la actividad bursátil.

Buena parte de los miembros del movimiento participaron en una concentración convocada por organizaciones pro derechos humanos en la Plaza del Ayuntamiento de Nueva York a las 19.00 horas, donde se leyó un manifiesto en favor de la condonación de la pena de muerte a Troy Davis. Finalizada la concentración, miembros de una y otra causa caminaron hasta Liberty Street, donde fueron recibidos al grito de "Todos somos Troy Davis".

Según Alex, un estudiante neoyorquino, hoy fueron arrestados 3 jóvenes por la policía, que se empleó con gran violencia. "Uno de ellos perdió los dientes", explica. Una joven alza su voz, y cuenta a la asamblea: "Yo ayer fui detenida (..) Quieren que tengamos miedo. Pero hoy estoy aquí con vosotros".

En la jornada de hoy, algunos participantes han salido a diferentes puntos de la ciudad de Nueva York para encontrarse con otros ciudadanos que puedan adherirse al movimiento. "Hoy hemos hablado en las universidades, y esperamos que unos 300 chicos se unan a nosotros", decía un joven participante en la asamblea de las 20 horas. En la Plaza hay en torno a medio millar de personas, algo más que los días anteriores.

La estructura organizativa es muy grande: han contratado los servicios de un abogado, disponen de cuentas para recibir donaciones para comida, han consolidado un equipo de médicos y counsellers y otro de traductores. Se le da utilidad a cualquier recurso humano posible para proveer servicios a los habitantes del campamento, en un gran ejercicio de organización social cuyas prioridades ponen de manifiesto las grietas de una sociedad que entienden carente de cohesión social y a la que aplican su propio bálsamo. Por ello, da la impresión de que aquel objetivo de "ocupar Wall Street", acción concebida para mandar ese mensaje al mundo de que el pueblo puede reconquistar el poder económico al capital especulativo, se ha difuminado para consolidar una isla de protección social en la Meca de los mercados.

En todo caso, el campamento tiene serias amenazas de desalojo: está ubicado en una plaza oscura con escasa visibilidad social, pero rodeada de importantes centros financieros y a las puertas del lujoso Hotel Plaza One. Natalia, una joven madrileña del 15-M que ha venido hasta Nueva York para apoyar la protesta, señala que, como en la Puerta del Sol, viven con la amenaza permanente de que la policía va a vaya a desalojarlos. Sin embargo, algunos ven en ese posible desalojo la oportunidad de ganar difusión mediática y, de esa forma, apoyo social.

Por el momento, el seguimiento de la protesta por los medios de comunicación estadounidenses está siendo tan discreto como la difusión que desde Liberty Square se realiza. Apenas "The New York Times" dedicaba un escueto artículo haciendo hincapié en la gran diversidad de reivindicaciones que recoge la protesta. En una residencia ubicada a las puertas de Harlem, a unos 7 kilómetros de Liberty Street, media docena de estudiantes afirman, con perplejidad, desconocer el movimiento. Pero dicen interesarles mucho.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Campamento Liberty Square

La ola mundial de indignación tardó en llegar a Wall Street, la capital financiera del imperio americano, pero a juzgar por los ánimos de quienes lo construyen, es para quedarse algún tiempo.


Liberty Square es el nombre con el que se ha decidido bautizar el campamento y que se puede leer en el proyector que preside la plaza, acompañado de las normas de convivencia y los acuerdos alcanzados. "Vamos a ir a las universidades, plazas y barrios de Nueva York", lee en voz alta la joven encargada de recoger los puntos acordados en la asamblea.


Aproximadamente un centenar de jóvenes acampados organizan la agenda del día posterior. Amery no ha salido de Liberty Square, y explica que para mañana está previsto celebrar una asamblea a las 3 p. m. para determinar las actividades, y que a las 7 p.m. se celebrará la segunda asamblea general, con el objetivo de acordar un manifiesto que entregar a los medios de comunicación y que convoque a que más personas al movimiento.


El hombre del traje y la corbata que conocimos ayer tiende una camisa blanca en una cuerda para secarla. Continúa en traje y corbata, pues sólo ha salido para ir a su casa en Brooklin a dar de comer a sus gatos. "Anoche no pude dormir nada. Pero no me siento cansado", dice encogiéndose de hombros. En este momento llegan unas pizzas que algún simpatizante con el movimiento ha pedido por teléfono. "Llevarlas donde está toda la comida, que ahí repartimos mejor", dice una chica.


La comida está sobre unos bancos de granito en medio de la plaza, donde hay garrafas de agua mineral, crema de cacahuete, pan de molde, manzanas y bolsas cerradas de comida. No muy lejos, se encuentran un par de mesas protegidas por bicicletas, donde media docena de chicos y chicas se ocupan de difundir a la red todo lo relativo al movimiento desde sus ordenadores portátiles.


Junto a ellos se encuentra Leonardo, un economista de origen polaco-alemán con pasaporte estadounidense que ronda los 50 años, que expresa su preocupaci'on por que los norteamericanos no entiendan el presente curso económico. "Los dólares que se imprimen no vienen de ningún sitio. Aunque la Constitución dice otra cosa, la Reserva Federal está en las sucias manos de no más de 50 familias, y el Gobierno se endeuda y se endeuda, mientras hay gente haciendo fortuna. Es incomprensible. Y esa deuda la pagaremos toda la vida. Lo que es una locura es no protestar", dice con indignación.



domingo, 18 de septiembre de 2011

La indignación llega a la Gran Manzana

Un campamento nace de Finantial District, en Liberty Street con Broadway, a tan solo 100 metros de una Wall Street abarrotada de policía, donde hace una semana se conmemoraba el décimo aniversario del 11-S.


Durante la mañana tuvo lugar la manifestación convocada bajo el lema Ocupa Wall Street a la que asistieron varios miles de manifestantes. En la plaza muchos de los asistentes discuten qué hacer de ahora en adelante. No se hacen llamar indignados, pero se identifican con el Movimiento 15-M de inmediato. "Madrid fue un ejemplo, había mucha gente en ese campamento. Esperamos que mañana venga más gente, e ir a más. Esto tiene que ser el principio", explica Jay, un estudiante universitario que dice haber venido a cambiar el sistema. "En Egipto les tiraban piedras y se quedaron", le interrumpe un joven eufórico. "Así que debemos ocupar Wall Street o intentarlo. Si nos arrestan, vendrá más gente", continúa el joven, que se aleja con su gorra roja al escuchar el grito de "¡Esto es democracia!" que corean los alrededor de 400 jóvenes que se han encargado de llevar la ola mundial de indignación a Wall Street.


Los recién acampados, mayormente estudiantes o jóvenes en paro, han mantenido una larga asamblea hasta pasada la medianoche en un ambiente cordial y cívico. A las 2 de la mañana, el ágora se ha disuelto y reina la improvisación. A esta altura se han dividido en dos grupos: un grupo de "acción directa" que programa las actividades que quieren realizar en la jornada de mañana, y un segundo grupo de comunicación, que debe elaborar el manifiesto.


Un joven participante del grupo encargado de las actividades pregunta cómo van a programar las actividades sin tener concluso el manifiesto, poniendo de relieve la fragilidad del encuentro. "Todo el mundo sabe por qué estamos aquí", responde una participante airadamente. "Lo más urgente ahora es lo que va a pasar en Georgia, que van a matar a un hombre inocente", expresa a la asamblea un hombre con voz potente que porta un gran cartel con su reivindicación. Tiene el turno una chica menuda que, con voz aguda y apagada, dice con timidez: "Yo pienso que todos estamos de acuerdo con que las personas y los derechos humanos van por delante del dinero". Un fuerte aplauso termina por apagar su voz, que la sonroja y cierra el debate.



"¡Por fin, la revolución!", me dice un hombre de unos cuarenta años que dice haber estado en multitud de manifestaciones y no importarle ser arrestado porque lo ha sido en 14 ocasiones, la primera con 16 años. "En 24 horas, estás en la calle. Una vez me llevaron a casa", me cuenta con una sonrisa infantil. Ari, un joven universitario, vence la afonía para decir que él sí está preocupado por posibles detenciones. "No podemos permitir que los media (medios de comunicación) digan mentiras. Para ello tenemos que hacer actividades que involucren a la gente, cosas que les atraigan y les hagan pensar en este país, donde hay chicos de mi edad que ya son sinhogar".



Un grupo de unos 30 jóvenes se ha aislado para sentarse en el cruce de Broadway con Wall Street, donde el dispositivo policial impide el acceso a la calle de la Bolsa de Nueva York. Iluminados por una vela, han contado cómo les ha afectado la crisis a ellos y a sus allegados. La policía comparte un semblante tranquilo con curiosos y asistentes. Un policía corpulento que está frente a los manifestantes se gira para escuchar a todo el que empieza a hablar, siendo a su vez objeto de las miradas fijas de los manifestantes.



A las 3:30 de la madrugada, en Liberty Street, algo más de un centenar de jóvenes extienden los cartones sobre los que pasarán la primera noche de frío en un Nueva York a las puertas del otoño. Se acercan para darse calor. Un hombre trajeado y con corbata extiende su saco de dormir. Lo abre y se introduce en él cuidadosamente. Ya tumbado, incorpora su cabeza, mira a cada lado con incredulidad y sonríe. "Hasta mañana", nos dice.