Llegué a creer que la sociedad norteamericana podría resucitar de sus cenizas con la aparición del movimiento indignado. Creí que la ola de nuevos homeless, la amenazante barbie de armas tomar y el descarado engaño de la Reserva Federal podría sacar a la gente de sus casas. Pero lo que podemos decir cinco días y cinco crónicas más tarde, es que el movimiento ha quedado reducido a un jugoso laboratorio sociológico de jóvenes que gestionan hábilmente sus capacidades, ofreciendo una mayor cobertura social que el propio Estado.
La constitución democrática "más antigua del mundo" nunca tuvo una revolución. Y esta pudo ser su Revolución francesa, aunque resulte anacrónico o exagerado, pues esta república contiene reconocidos reyes que afirman en cada transacción que el Estado son ellos. Pero esto no es ni la Plaza Tahrir ni la Puerta del Sol: con los diarios en mano, habiendo conversado con jóvenes ajenos al movimiento y con el testimonio de los miembros del movimiento, la naturaleza de la protesta es tan distinta como el concepto de Estado, donde radica la cuestión. Para los miembros del movimiento, un manifiesto que recogiese el mensaje no tenía tanta importancia, precisamente porque lo que tenían en común estos jóvenes ponía en cuestión la naturaleza del Estado. Tanto es así que Martin L. King o Malcom X pueden lucir el nombre de avenidas o parques, pero ayer mataron a un ciudadano en nombre del Estado con un juicio propio del Siglo XVII, con hasta 7 testigos retractados y sin arma homicida. No hubo, sin embargo, respuesta social.
El Estado norteamericano es entendido como una gran realidad difusa que presume de unas leyes naturales en las que interviene, y de qué manera, la suerte. La bandera para los norteamericanos es como la Tierra para el mamo arhuaco del Tairona, en Colombia, que la simboliza con una piedra sobre la que rocía unas gotas de agua para darle las gracias por nuestra existencia. ¿Y cómo no agradecer nuestra existencia a esa realidad desconocida e injusta que nos permite vivir, por medio de leyes naturales caprichosas como la Ley de la gravedad, leyes que únicamente se violan para pisar la luna y honrar a la misma bandera?.
En el primer día de indignación, las miradas comprensivas y sosegadas de los policías que protegían Wall Street podían dar una señal de que la sociedad americana estaba viviendo en silencio aquella indignación. Y puede que sea así. Pero también es cierto que aquellas miradas guardaban un sutil ápice de compasión porque aquellos jóvenes protestaban contra lo sagrado de la realidad: el poder. En una fábula de Samaniego, estaríamos hablando de una reunión de gacelas en medio de la sabana, hartas de las cacerías de los leones, cuya trama se desarrollaría sobre esas gacelas astutas que no corrieron el riesgo de las que se empeñaron en servir de manjar a los leones. Y como moraleja, se podría sacar aquello de "tonto el último".
También hay factores determinantes que han colaborado. Porque a los norteamericanos les dieron esta misa en latín. Sin un manifiesto y sin haber creado canales propios, los medios de comunicación que se acercaron a cubrir la protesta no perdieron la oportunidad de recoger el ruido de los diferentes mensajes de indignación para desgranar la protesta y hacerla incomprensible a la sociedad, codificándola en un caos inteligente donde sea imposible sacar el factor común, desatendiendo a los principios de síntesis e interpretación a los que toda información se debe.
Ahora duerme tranquila una Liberty Square que no se atrevió con la cosmología de su compleja realidad política. Y se hace más comprensible así la ambición organizativa de los asistentes que no veían necesario un manifiesto al no concebir una realidad diferente a la que es de facto, sin sus leyes y realidades injustas, para aplicarse cuidados paliativos ante la enfermedad terminal de la que descansarán, otra noche, sobre un poso de idealismo. En Liberty Square, la vida no es sueño.